Icon: resiliencia mecánica
«Funciona como un reloj» es lo que se suele decir cuando algo funciona de forma fiable y precisa. Como en el caso de un deportivo.
O más concretamente: de un Porsche 356. No es de extrañar que, en la década de 1950, el fabricante de Stuttgart comenzara a obsequiar con un reloj de oro a los conductores del modelo 356 cuyo cuentakilómetros hubiera superado la marca de los 100 000 kilómetros. La parte posterior de la caja del reloj incluía un grabado que decía «100 000 km». Hacia mediados de la década, se concedió una placa, que se podía fijar a la rejilla de ventilación del capó del motor, como reconocimiento a este extraordinario logro del ser humano y de la máquina. Dicha condecoración remarcaba la resistencia e idoneidad de este deportivo para el uso diario.
En aquella época, el hito de los 100 000 kilómetros recorridos superaba con creces las expectativas en cuanto a la durabilidad de un automóvil. Especialmente al tratarse de un deportivo diseñado para rendir al máximo. Las carreteras en mal estado y las variaciones en la calidad de los combustibles y los lubricantes sobrecargaban adicionalmente el sistema de transmisión. No obstante, el reloj de pulsera y, más tarde, la placa solo se concedían si se cumplían estrictas condiciones: «El coche debe recorrer los 100 000 km con el mismo conjunto de pistones y cilindros, el mismo cigüeñal, la misma caja de cambios y el mismo eje trasero», apuntaba entonces Porsche. Aun así, fueron cientos de 356 y sus propietarios los que lograron esta hazaña. Christophorus informaba periódicamente sobre «Los de los 100 000». En 1953, por ejemplo, quince clientes recibieron el premio por «haber dado, de forma demostrable, dos vueltas y media al mundo con un Porsche sin realizar cambios de motor», tal y como se indicaba en el texto. En 1954 fueron 21 y, al año siguiente, lo lograron 57.
Que el 356 destacara como un automóvil robusto para largas distancias se debía a varios motivos. El concepto básico del motor bóxer con refrigeración por aire era uno de ellos. Gracias a él se eliminaban de antemano algunos de los inconvenientes de los sistemas de refrigeración por agua, como las fugas, el sobrecalentamiento o los daños por heladas. Además, los ingenieros desarrollaron todo tipo de optimizaciones para aumentar continuamente la potencia del motor y mejorar su estabilidad.
Al principio, la lubricación y refrigeración óptimas del motor del 356 se garantizaban mediante los 4,5 litros de aceite (y posteriormente una cantidad considerablemente superior). Sobre todo porque el refrigerador de aceite funcionaba de forma muy eficiente gracias a sus láminas especialmente finas y un filtro de flujo auxiliar limpiaba el lubricante de forma fiable. Dos carburadores, y más adelante dos carburadores dobles —uno para cada culata—, garantizaban el llenado uniforme de las cámaras de combustión. Por su parte, los cuatro pistones se desplazaban por unos cilindros con superficies de deslizamiento recubiertas con Nikasil. Esto consistía en una medida adicional para reducir el desgaste, disminuir la fricción y prolongar su vida útil.
La sofisticación técnica constructiva, los materiales especiales y la extrema precisión de la fabricación contribuyeron a su durabilidad. Para garantizar un funcionamiento silencioso del motor, se pesaban individualmente las bielas y se combinaban de forma que las diferencias de peso fueran mínimas. El resultado era un funcionamiento del motor extremadamente preciso, constante y con escasas vibraciones. Todo lo anterior sumado a un mantenimiento continuo garantizaba la impresionante durabilidad del mecanismo de alto rendimiento situado en la parte trasera del 356.